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Sábado, 18 Octubre 2014 00:31

Nada que decir

Bajo la luz quemada,
tienen frío los ojos con que buscas
estas horas de octubre
y su jardín manchado de ginebra,
hojas secas, silencios
que de nosotros hablan al caerse.

Porque si ya no existe,
aunque nadie se ocupe de sus solemnidades,
hay noches en que llega la verdad,
ese huésped incómodo,
para dejarnos sucios, vacíos, sin tabaco,
como en un restaurante de sillas boca arriba
ya punto de cerrar.
-Nos están esperando.

Nada sé contestarte,
sólo que soy consciente de mi propia ironía,
porque el hombre es un lobo también consigo mismo
-Nos están esperando.

Negras y en alto, buitres silenciosos,
nos esperan las nubes en la calle.

Luis García Montero

A poco que no madrugues se te hace de noche antes de amanecer; es como si el verano fuera el último de la fiesta y se hubiera ido deprisa y apagando las luces. Ahora el cigarrillo del desayuno en la ventana alumbra más que la luz del día y en el humo se reflejan los faros de los coches y las farolas todavía encendidas. Bueno, lo que se refleja es la luz, no los faros ni las farolas, pero no podía repetir luz tantas veces. Los que no somos profesionales de las letras -a veces pienso que no llegamos ni a aficionados-, nos tomamos a veces algunas licencias que también sirven para echarles la culpa de lo que hacemos mal. 

paredesquinaA falta de whisky valen unos chupitos de licor café, si es bueno tampoco desmerece y a estas horas viene bien y substituye a esa musa que un día desapareció sin dejar rastro y me dejó tirado en la cuneta febril de la frustración. Joder, qué frase. No sabría explicar esa deseperación de querer escribir y no saber qué; esa necesidad de expresarse metida a presión en un recipiente del que no puede salir. Abres el blog y no eres capaz ni de elegir una foto, empiezas una frase diez veces y no consigues hilarla con la segunda. Y lo peor es que puedes hablar de cualquier cosa menos de la que quieres. 

Hace frío ahí fuera, a veces también hace frío adentro, he perdido el hilo de la conversación porque, como siempre, escribo sin tener nada que decir. Ah, el otoño, la estación de la marmota en la que todos los días son iguales, grises, sin tener adonde ir ni con quien estar; la espera eterna de un verano, quizá sea el último, que también nos defraudará...

Y, si a mi tumba,
os acercáis de visita,
el día de mi cumpleaños
y no os atiendo,
esperadme en la salita
hasta que vuelva del baño.
¿A quién le puede importar,
después de muerto,
que uno tenga sus vicios?
el día del juicio final
puede que Dios sea
mi abogado de oficio...

Y ahora a dormir, con insomnio de licor café y todos los sueños gastados como balas de fogueo; a dormir con la desesperanza de que mañana no habrá sorpresas ni bares ni nada por lo que luchar. Con la tranquilidad de que ya no hay nada que demostrar, nada que decir, nadie a quien confortar.

 

Martes, 07 Octubre 2014 00:08

Et voilà!

Pues nada, hijos, seguir así, votadles otra vez en las próximas elecciones, que total ya poco queda por destrozar en este país bananero; y es que al final nos lo merecemos por tontos, por no salir a la calle y echar a collejas a toda esta banda de ladrones que no tiene nada mejor que hacer que hundirnos en la miseria.  

Como lo de gastarse un dineral trayendo a dos curas para que murieran en casa no resultaba lo bastante xenófobo y egoísta, ahora resulta que los estudiados protocolos que iban a mantener aislados a los enfermos consistían en que los médicos se mantuvieran alejados mientras las auxiliares arriesgaban su vida poniéndose al alcance de los virus. Y claro, en el país de Manolo y Benito era cuestión de tiempo -de poco tiempo, como hemos visto- que saliéramos en la prensa de todo el mundo haciendo lo que mejor sabemos hacer: el payaso y el ridículo. 

matoNo solo resultaron ser unos ignorantes políticos que han llevado el país a la ruina -eso sí, mientras ellos acumulaban cuentas en Andorra llenas de ceros-, sino que también lo son en cuestiones médicas y biológicas. No me quiero ni imaginar la cara que habrán puesto en el resto de Europa cuando vieron esas fotos de enfermeros con los guantes pegados con cinta americana. Si Berlanga viviera los denunciaría por plagio y luego se moriría otra vez, pero de vergüenza. 

Pero no hay que preocuparse, volverán a ganar; el país tiene el número suficiente de anormales como para que vuelvan a tener mayoría en unas elecciones. Somos así, tontos hasta la bola, ignorantes, un pueblo de idiotas a los que les gusta ser sodomizados una y otra vez, nos tiran el jabón y nos agachamos felices, venga, una vez más, que todavía no hemos dilatado lo suficiente, que nos la meta el que la tenga más gorda, a ver si así... 

Dicen que a raiz de estos contagios van a modificar el protocolo. A partir de ahora el personal médico, además de guantes de látex, se protegerán con rosarios y detentes bendecidos por el obispo de Alcalá. Y a los tratamientos con Zmap se añadirá comunión diaria y tres padrenuestros antes de cada comida.

Los médicos, además, se desinfectarán con agua bendita. 

Lunes, 29 Septiembre 2014 00:57

Después de los despueses

Pero antes del después de los despueses,
haciendo eses
aprendí a maldecir el deber
y a sentir sin saber
lo que nadie sabía.
Si pequé nunca me arrepentí.
Guardo un maravedí
de carmín todavía...

Como aquella obsesión tenía que terminar de alguna manera, Warlock eligió la mala educación que supone largarse a la francesa y poner entre los dos una mezcla de silencio, tiempo y distancia a partes iguales; el verano y las circunstancias se pusieron de su parte y no tuvo que hacer mucho más esfuerzo que ser parco en palabras cuando se cruzaba con ella e inventarse pequeñas excusas que ninguno de los dos se creía para no ir a los bares de siempre. 

bkiniPasó las mañanas en la playa y las tardes escribiendo en obscuros bares donde nadie le conocía, viejos bares a los que se llegaba por callejones inmundos, estrechos y empedrados, por los que corrían líquidos malolientes y niños de caras sucias y pelo alborotado. Llenó papeles de versos que al salir arrojaba en los contenedores llenos de basura, llenó libretas de historias de viejos lobos de mar, que era lo que le impiraban aquellas tabernas con el suelo de serrín y olor a vino; historias de piratas que se enrolaban para huír del recuerdo de mujeres que se iban con otros. Historias de desamor, de islas tan perdidas como él y de hombres que siempre mataban por no llorar.  

Cada día Warlock la olvidaba un poco más y cuando llegó el otoño temió el examen del primer encuentro; lo sabría al verla, estaba seguro, lo sabría al mirar sus ojos... 

Eva ya no era tan guapa y sin embargo el verano le había sentado bien; su delgadez había ganado curvas y ya no se marcaban como antes los huesos en sus muñecas. Exhibía un escote que nunca antes se había atrevido a enseñar, un escote con el que Warlock había soñado miles de veces y que ahora miraba como se mira el de una desconocida. Ya no le parecía especial, era una más; guapa, atractiva, con unos labios que se comería a bocados, pero una mas...

Volvió a soñar con ella alguna noche, volvió a fantasear... Pero ahora sabía que ya nunca más le escribiría versos; Warlock comprendió por fin que todo había acabado. Que no volvería a buscar ese momento que nunca encontró para confesarle que la quería; que ya no sentiría más aquella desesperación que le producía no poder alcanzarla. No atreverse a contarle sus sentimientos.  

Respiró. Se había acabado todo. 

Jueves, 11 Septiembre 2014 17:12

Septiembre

Septiembre llega sin manual de instrucciones después de un verano truncado y cargado de olvidos; un verano que fue un túnel lleno de desencuentros y que desemboca en un otoño impío que, casi a traición, trata de refrescar esa memoria que quisimos enterrar cuando, con más pena que gloria, pusimos pies en polvorosa para recluirnos en un estado catatónico y monástico. Huir es siempre una buena idea para los que, hace ya muchos años, dejamos la dignidad tirada en la cuneta. 

escoteLas noches llegan antes y el reloj marca las horas cada día más temprano; hace calor y en la calle todavía quedan escotes que pasean majestuosos resistiéndose a desaparecer, escotes que marcan el paso y te hacen torcer la mirada ya sin disimulo, porque, qué diablos, has llegado a una edad en la que todo te da igual. Ellas exhiben sus redondeces que tú sabes inalcanzables aunque fantasées con su recuerdo y pienses, ingenuo de ti, que quizá aún quede un último tren en la estación. 

Septiembre trae la rutina y los viejos fantasmas que habías olvidado llaman a tu puerta y pasean sus miradas delante de tus narices. Como sin darse cuenta, hacen aflorar sensaciones que en tu huida creías haber dejado atrás; sí, has hecho el ridículo y no puedes dejar que todo el esfuerzo se vaya por el desagüe sucio de la tentación, hay que seguir huyendo adonde nadie te conozca, buscar otro encierro, no importa lo que piensen los demás, no importan las deslealtades, no importa nada porque ya está todo perdido; si alguna vez tuviste una reputación ya nadie se acuerda. 

Pronto amarillearán las hojas, pronto volverán las lluvias y la angustia de sentirse encerrado entre el cielo gris y las viejas aceras de cemento; vendrá el tiempo de subirse el cuello de la chaqueta, de las manos en los bolsillos y del frío y la niebla que lo envuelve todo con el papel de la tristeza.

Y entonces, solo, pasearás bajo la lluvia, sin rumbo, sin destino, buscando sin saberlo lo único que todavía puedes hacer: No volver a casa. 

Martes, 19 Agosto 2014 22:12

Cosas

Cuando dejas las redes sociales pierdes promoción para las entradas del blog y los posibles lectores se quedan en cuatro amigos y algún que otro despistado que caiga aquí buscando sabe dios qué cosa. Asiduos debo de tener pocos, aunque también es verdad que nunca me he deslomado buscando seguidores y que escribo más por desahogo que por dar a conocer mis opiniones.

Sí, he dejado las redes sociales y ahora tengo más tiempo para... perder. Y aunque cada día se me ocurren cosas que decir y contar, me cuesta sentarme frente al teclado y ponerme a ello y lo voy dejando para esa hora que nunca llega. 

Ha pasado el verano, que empezó bien pero se convirtió pronto en dos visitas diarias al hospital que se llevaron el sol, el calor y esa sensación de no tener nada que hacer que otros años duraba hasta septiembre y de poder elegir cada día un destino, el parque, la playa, una siesta en el sofá, sin planificar nada hasta unos minutos antes de hacerlo, que es como mejor salen las cosas; dos visitas que lo condicionan todo y que convierten el resto del día en tiempo de espera, ya no vas a ninguna parte, comes, duermes y esperas que las matemáticas fallen y que esa pequeña posibilidad entre miles que las estadísticas dicen que está en alguna parte, se cumpla esta vez y no tengas que ir a un entierro que siempre te dio miedo. Aunque sepas que alguna vez llegará, aunque desees que tarde un poquito más. 

hospitalLa decadencia de septiembre ha llegado antes, como un aviso de que nada es evitable y de que los veranos solo duran el tiempo que tarda en llegar el otoño; por dentro ya no luce tanto el sol y se atisba ese olor a hojas secas y a frío de atardecer, los tonos se vuelven azules y por las mañanas amanece más despacio y con esa niebla húmeda que no te deja salir de la cama. Los hospitales son azules y huelen a frío y a metal y a sala de espera con las ventanas cerradas; dentro del hospital los relojes son un adorno y el tiempo no tiene el mismo significado para los enfermos que para los trabajadores ni corre a la misma velocidad. 

De una a dos y de siete a ocho, dos horas al día para ver a alguien para quien las otras veintidós no tienen significado, pasan entre pastillas y cambios de postura para no enquilosarse, entre oxígeno y sondas que rezuman podredumbres que el cuerpo expulsa lentamente; son horas en las que se alterna la agonía, el dolor, la rabia, la derrota, horas en las que se llora, se piensa, se sueña, se olvida... Horas entre la espera y la desesperación, se mejora lentamente pero se empeora en segundos, dos pasos hacia adelante y uno y medio hacia atrás, es vivir en un túnel obscuro en el que si aparece una luz no se sabe si es la salida o un tren que viene a arrollarnos. El día que entre lágrimas me dijo que no quería vivir más, salí de allí llorando. 

La agonía de sentirse enfermo, el miedo a que todo se tuerza todavía más se compensa, aunque solo sea un poco, con el cariño de las personas que cada día se encargan de hacerle la vida un poco más fácil a los enfermos. No conozco sus nombres, apenas tengo tiempo de memorizar sus caras porque cambian cada día, turnos, vacaciones, noches, descansos, pero siempre, absolutamente siempre, están ahí: Atentas a cualquier gesto de dolor, pendientes de que se sientan cómodos, de ahuecar esa almohada o de echarles una manta si tienen frío; de darles de beber, de cambiarles los pañales donde esconden sus miserias. A cada momento entran y sonriendo preguntan -¡Qué tal, princesa!- y comprueban que todo esté en su sitio o le aumentan la dosis de morfina porque tiene un poco de dolor, lo importante no es solo la curación, lo importante es el bienestar, a veces sentirse cuidado, sentirse querido, vale más que los sueros y los antibióticos. 

Y ellas lo saben hacer. Algo así no se paga con nada del mundo. Algo así no se hace solo porque sea su trabajo. Es mucho más. Si los ángeles existieran, estoy seguro de que serían ellas.

Las chicas de REA.

Por qué Lo que yo decía...

plumaEmpecé este diario cuando me movía entre asociaciones de vendedores de prensa, hasta que la crisis me alejó del mercado laboral y me obligó a cerrar mi negocio. A pesar de ello decidí mantenerlo porque en algún lugar tenía que plasmar las inquietudes, las dudas y todas esas inevitables preguntas que siempre surgen acerca de mí y del mundo que me rodea.

Ahora, pasados los cincuenta y con la muerte en los talones, todo se ve de otra manera; y sin embargo hay que seguir ahí, soñando, porque por alguna razón todavía estamos vivos.

Siempre hay cosas que decir, siempre hay algo por lo que luchar...

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